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Noticia aparecida en el diario 20 minutos:

Volvo pide permiso para probar coches con conductores borrachos.
El fabricante de automóviles ha solicitado a las autoridades suecas un permiso para probar con ellos una nueva técnica que pueda servir para prevenir los accidentes de tráfico.

Igual hasta pagan bien ¿no? A ver si a la SEAT le da por hacer lo mismo, que aquí voluntarios no iban a faltar:

Oferta de empleo

Así es que las solicitudes serían algo así:

Solicitud de empleo

O así:

Solicitud de empleo

Ya me imagino el informe de las pruebas:

Informe de las pruebas
Informe de las pruebas

Impensable, ¿verdad? Pues por desgracia esto pasa continuamente, cada día, cada fin de semana. Y lo peor es que la mayor diferencia entre esta parodia y la vida real es que las pruebas no se realizan en un circuito de velocidad, sino en las calles de cualquier pueblo o ciudad, entre personas inocentes que en muchos casos, en demasiados casos, pagan las consecuencias de la irresponsabilidad de unos cuantos cabrones que creen que el papel rosa que llevan en las carteras es una licencia de armas.

Sábado, seis de la mañana.

¡Tum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Pausa… ¡Tum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum!

Me levanto de la cama y me asomo a la ventana a ver qué pasa. Un 206 tuneao pasa por la calle con el loro a toda hostia. El chaval que lo pilota lleva el pelo al estilo cenicero y vuelve de marcha. Probablemente nadie le ha comentado que a esas horas la mayoría de la gente está durmiendo.

¡Baila morena! ¡Baila morena! ¡Perreo p’a los nenes, perreo p’a las nenas!

Sábado, ocho de la mañana.

¡Tum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Pausa… ¡Tum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum!

Me despierto por segunda vez. Me levanto y me dirijo a la cocina a beber agua. Salgo al pasillo de casa como un zombie, y de una de las habitaciones sale la voz de un individuo cantando algo como:

¡Pobre diablaaaa! ¡Se dice que se te ha visto por la calle vagaaaando…!

Me seco el lagrimón que rueda por mi mejilla y sigo mi camino.

Sábado, diez y cuarto de la mañana.

Me levanto por tercera vez. Estoy en la habitación del ordenador, intentando concentrarme en una clase de Java.

¡Tum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Pausa… ¡Tum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum!

De la otra habitación sale la estridente voz de alguien pidiendo insistentemente…

¡Dame la gasoliiinaaaa! ¡Quiero la gasoliiinaaaaa! ¡Dame la gasoliiinaaaaa!

Cierro la puerta, subo el volumen de los altavoces y le doy al replay porque la pidona se ha llevado por delante a la concentración y a Jimmy Page en la intro de Stairway to Heaven.

Sábado, dos y cuarto de la tarde.

¡Tum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Pausa… ¡Tum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum!

En la tele: ¡Compra el Perreo p’a ti! ¡Ya a la venta! ¡Perreo p’a ti! ¡Cómpralo!

La preadolescente que esta sentada a mi lado comiendo se gira en mi dirección y me dice:

¡Yo lo quiero! ¡Bájamelo! ¡Bájamelo! ¡Bájamelo! ¿Me lo vas a bajar porfi?
¿Me lo vas a bajar? ¿Me lo vas a bajar? ¿Sí? ¿Sí? ¿Sí? ¡Bájamelo! ¡Bájamelo! ¡Bájamelo!

Le digo que no puedo, porque es ilegal. Evidentemente no me hace ni caso. Le digo que no puedo, porque según qué tipo de cosas hacen interferencias en la red inalámbrica. Evidentemente no se lo cree. Le digo que… que bueno, que se lo bajaré (algún día tengo que aprender a decir que no a lo que me perjudica, como el tabaco)

Sábado, cinco menos cuarto de la tarde.

Mi chaval entra corriendo en la habitación, tropieza con la mesa y cae sobre mí. Antes de que pueda defenderme me encasqueta en las orejas los auriculares del mp3 hasta el tímpano.

¡Escucha esto, papa, escucha esto! – Me dice mientras le da al play…

¡¡¡¡Brrrrrooooooouuuuuummmmmiiiiiiiaaaaaaooooooooooo!!!!

Siento como si un Jumbo 737 estuviera despegando justo encima de mi cabeza.

¿Qué ruido es este? – le pregunto elevando la voz unos cuantos decibelios por encima del umbral del dolor para poder oírme a mí mismo – ¿Ya te has cargado el mp3, tío?

¡No, hombre, es DJ DaRkWaDeR! ¿Te gusta? ¿A que mola la música DJ? – me dice entusiasmado.

¡Chhstt pum! ¡chhstt pum! Chhstt pum! ¡pum pum! ¡Chhstt pum! ¡chhstt pum! Chhstt pum! ¡¡PUM PUM PUM!!

¿Que mola dices? ¡Yo tenía un 127 hace muchos años al que el embrague le sonaba igual!

¿Qué sabrás tú de música? – Me dice mientras me quita los auriculares dándole un tirón al cable y sale de la habitación indignado. Yo tengo que subir el volumen de los altavoces de nuevo, aunque no vuelvo a oír a los Led Zeppelin con normalidad hasta pasados unos veinte minutos.

Sábado, siete de la tarde.

El Perreo p’a ti ha terminado de bajar. Lo grabo en un CD, le escribo con rotulador: “Respeta a los demás, No lo utilices como arma acústica” y se lo doy a Laura, la preadolescente.

Sábado, siete y cinco de la tarde.

Cinco minutos más tarde, se oye desde el salón:

Tum Tachum Ta Chum Tachum Ta Chum Tachum Ta Chum Tachum Ta Chum Pausa… Tum Tachum Ta Chum Tachum Ta Chum

¡Tum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Pausa… ¡Tum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum!

¡Tum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Pausa… ¡Tum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum!

¡Tum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Pausa… ¡Tum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum!

!!Dame gasoliiiiinaaaaa!!

Sábado, diez y media de la noche.

Después de cenar, me dedico a buscarle las cosquillas a Laura y a mi chaval -éste en plena adolescencia- con el tema de la música. Les hablo del blues, del rock, del heavy, de John Lee Hooker, de los Beatles, de Deep Purple, de Eric Clapton, de Jethro Tull, de Steve Vai…

Pero es para nada, no me hacen ni puto caso.

Me desespero y les digo: Así es que no se os puede sacar de la música DJ y del regetton (o regeton, o regaeton, o como se llame) ¿no?

¡Claro! -contesta mi chaval- esto es lo que hay ahora. Tú lo que pasa es que eres un antiguo.

Dudo entre darle una colleja o contestarle. Opto por lo segundo: No, amigo, no. Lo que pasa es que yo sé distinguir la buena música de una moda que os están inculcando desde la tele o de un tío que enchufa una caja de ritmos a piñón y se pone a rayar discos.

A lo que Laura responde: Claro, y cuando tú eras joven…

-¡que ya hace tiempo!- la interrumpe el traidor de mi chaval.

…a ti te gustaba el rock ese que tu oyes, pero a tus padres no, ¿verdad? y seguro que tampoco te entendían…

Y entonces recuerdo un disco. Uno en concreto.

Y doy un salto hacia atrás en el tiempo de algo más de treinta años.

Led Zeppelin IVY me veo en la habitación de mi tío admirando la portada del mismo disco que yo llevaba intentando oír todo el día, el IV de Led Zeppelin. Mi tío se lo acababa de comprar y yo sólo era un mocoso que le gritaba:

¡Yo lo quiero! ¡Pónmelo! ¡Pónmelo! ¡Pónmelo! ¿Me lo vas a Poner?
¿Me lo vas a poner? ¿Me lo vas a poner? ¿Sí? ¿Sí? ¿Sí? ¡Ponlo! ¡Ponlo! ¡Ponlo!

Y recuerdo –algunos años más tarde- los gritos que me daba mi padre desde el salón: ¡Baja esa música de melenudos, que te vas a volver loco!

Y recuerdo a mi madre en la cocina dándole más volumen a una cinta de casette de Nat King Cole porque de la ventana de mi habitación salía una guitarra distorsionada que no le dejaba oír Ansiedad.

Y recuerdo a los dos mirándome con cara de espanto al sorprenderme imitando a un australiano loco, que vestido de colegial se revolcaba por el suelo de una tele en blanco y negro mientras aporreaba una Gibson SG.

Y me recuerdo, años después, escalando paranoicamente, yo solo en Montserrat, con un walkman inspirándome con el Dark Side of the Moon de Pink Floyd.

Y vuelvo al 2005. Y ya no digo nada más. Me vuelvo a la habitación del ordenador pensando que sí, que mi chaval tiene razón. Ha pasado mucho tiempo desde que soy joven.

Así que arranco el winamp y subo el volumen de los altavoces por tercera vez, cojo la guitarra, enciendo el ampli y digo con nostalgia: ¡Vamos a tocar, Jimmy!

Jimmy Page

Recuerdo la escena como si hubiera pasado ayer mismo, aunque habrán pasado unos dieciocho años, más o menos:

Estábamos cinco personas metidas en el salón de un minúsculo piso habilitado como oficinas de una pequeña empresa de programación en la que yo era el más novato. Se abrió la puerta, entró el jefe con una caja en las manos y la dejó encima de la mesa.

Entonces nos anunció muy ufano: “Sres. esto es el Xenix, ¿quién se lo queda?

Miré la caja con curiosidad. Era de color gris, y tenía un gran logotipo amarillo con unas misteriosas letras que rezaban “SCO”. Leí la letra pequeña y averigüe que significaba “Santa Cruz Operation”.

Entonces miré a mi derecha. Y miré a mi izquierda. Y los cuatro programadores que dos segundos atrás estaban conmigo habían desaparecido como por arte de magia. Se habían esfumado. El jefe me miró y me dijo: “Bueno, pues tu mismo, venga”.

“Pues bueno, pues vale” – pensé yo, que siempre he sido muy atrevido para estas cosas- mientras abría la caja y me encontraba con dos manuales-ladrillo (en inglés, claro) y un montón de floppies de 5 y cuarto.

Tuve que instalar el Xenix y el compilador RMCobol en un 286 Olivetti y pelearme con ellos a hostia limpia para configurarlos correctamente, pero conseguí que los programas que teníamos hechos en Cobol y que hasta entonces corrían sobre MSDOS funcionaran sobre Xenix como un tiro. Aquello terminó gustándome de verdad.

Un par de años mas tarde -ya trabajando en otra empresa- conocí al Brujo. Al Mago. Al Rey de la Informática, así, en mayúsculas.

El Brujo era un bohemio. También era un poco raro a veces, pero era un buen tío. Era de los que no abundan en este mundo de egos hinchados. Era de los que saben mucho y, aun sabiendo que saben mucho, no les importa tirarse horas y más horas explicando cosas para que los demás intenten saber tanto como él, en lugar de guardarse sus conocimientos para seguir siendo el mejor.

Una de las especialidades del Brujo era Unix. Los que más sabían de Unix en todo el mundo eran Thompson y Ritchie, sus creadores. Después venía el Brujo.

Su otra especialidad era C. Cuando el Brujo escribía una línea pensaba en la corriente eléctrica que iba a entrar por una pata de un chip y lo que iba a provocar antes de que saliera por otra. Impresionante de verdad.

Yo era el pequeño saltamontes, ávido de conocimientos sobre un sistema que cada vez me tenia más entusiasmado, y él era el Maestro que se pasaba toda la tarde enseñándome a programar un driver para Unix en C sin romper nada. Gracias por tanta paciencia, Joan, tienes el cielo ganado.

Otro salto en el tiempo. Nos vamos a la época de Infovia, del 055 y de los módems a 28,8 y 33,6. Yo estaba trabajando con un americano medio loco al que se le metió en la cabeza montar un servidor de acceso a Internet. El caso es que el americano convenció a unos cuantos individuos para que pusieran dinero y se fue a comprar lo más caro que encontró; Un servidor Sun Microsystems con su correspondiente Solaris.

El ordenador venia empaquetado en un palet como si fuera un cargamento de ladrillos. Cuando conseguimos ponerlo encima de la mesa y encenderlo, mi jefe me miró con suficiencia y se sentó al teclado.

Cuando apareció el prompt de root escribió “DIR”. Cuando apareció el error, yo escribí “ls –l”, y entonces me convertí automáticamente en el administrador del ISP.

Dos años pasé allí como único responsable del cotarro. Y allí no tenía al Brujo ni a nadie, aunque sí tenia Internet, claro, y sobre todo tenia los grupos de noticias de Usenet.

Aprendí rápido, pero a base de palos. Configurar y más configurar. Que si el Netscape, que si el sendmail, que si el Bind, que si el Radius. El Cisco, el Cortafuegos. Que si la seguridad.

Una vez un hijoputa me puso el ordenador al borde del colapso porque usaba mi servidor de correo para enviar millones de mensajes basura. Otra vez se me colaron por el puerto del telnet, que no sé que cojones hacia abierto. Otro pavo se pasó semanas intentando que el Radius lo autentificara por la cara. Luego intento hacerse cliente y eligió el mismo nombre de usuario que había estado usando cuando iba de ilegal, el muy capullo.

En fin, unos años más dedicados a Unix, haciendo que cada vez me gustara más y más. Luego he estado programando y casi no he tocado un servidor, pero hace unos tres años –cuando más mono tenia de Unix- me he encontrado con Linux (un poco tarde, ya lo sé)

Red Hat 7, SuSE 8, Debian, Mandrake, todo un paseo por distintas distribuciones. Unas mejores y otras no tanto, pero todas funcionan. Ahora tengo una Ubuntu en el portátil y la SuSE 9.3 en el sobremesa, y van de vicio.

Y esta es mi historia con los Unix, Linux y similares, sobre los que no me considero un gurú, aunque sí puedo decir que tengo bastante experiencia.

Mientras tanto, desde aquella época en que mi ex jefe trajo el Xenix al piso-oficina, he pasado por MSDOS de la 2.11 en adelante, y por Windows desde la 286 (que sí, que existía un Windows 286), la 3.0, la 3.1, etc., hasta el NT, 2000 y XP.

Ahora si alguien no lo tiene claro y quiere que le explique por qué es mejor usar Linux que Windows, que me lo diga y le haré un dibujo.

Bueno, vuelvo a la carga.

Después de un lapso de inactividad en el blog causado por varios motivos (la vagancia ocuparía el primer lugar) vuelvo a retomar el tema. Por cierto, si a algún lector le apetece que se pase por Aboreh en Blogspot, el antiguo blog donde todavía quedan algunos textos que igual hasta les gustan y todo.

Un saludo.