Un pequeño pollito amarillo se encuentra al borde de una carretera. Acaba de cruzarla sin sufrir ningún percance, y su alegría lo lleva a piar eufóricamente y a dar saltitos mientras agita sus pequeñas alitas. Momentos antes, cuando se encontraba al otro lado, sus inocentes ojitos miraron hacia la izquierda y la derecha para cerciorarse de que no venía ningún vehículo que pudiera aplastarlo en su intento de cruzar la carretera. Después, puso una patita delante de la otra y empezó a andar decididamente.

Tardó doce segundos en cruzar. Doce segundos de miedo, de sentir como el ritmo cardíaco se desbocaba en su pequeño corazoncito. Pero ahora ya ha llegado al otro lado, ya puede respirar tranquilo. El pollito ha cruzado la carretera.

Pero en ese momento de alegría el pollito siente un hormigueo en la nariz, que es seguido por un pequeño y silencioso estornudo. Horrorizado, el pollito se tapa el pico con las alas y mira alrededor con expresión asustada.

De inmediato, una fuerte mano aparece por detrás y lo agarra de las alas. Otra mano lo sujeta por el cuello y con un brusco gesto hace girar todo el cuerpo del inocente pollito en dirección contraria al giro del cuello, que produce un desagradable chasquido al romperse.

El héroe de esta historia, el pollito valiente que se atrevió a cruzar la carretera, ha muerto sin ninguna necesidad. Ha muerto por un simple estornudo delator que ha hecho pensar a un energúmeno que el pollito era un peligro para él. El pollito es un mártir de la gripe aviar. Pero no estaba enfermo, solo estornudó por culpa del polvo del borde de la carretera.