En estos momentos estoy leyendo Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. Para aquellos que no hayan leído el libro o no hayan visto la película, la historia trata sobre un bombero en una época en la que los bomberos no se dedican a apagar fuegos, sino a iniciarlos.

La novela fue escrita en el año 1.953, y relata como en una sociedad futura el hecho de pensar se considera peligroso. Por tanto, los bomberos reciben llamadas de emergencia y acuden raudos a quemar todos los libros – y en ocasiones la vivienda entera- de aquellos que se atrevan a conservar algunos ejemplares en su casa, porque es bien sabido que leer induce a pensar. Y pensar, como todo el mundo sabe, es peligroso.

Han pasado ya cincuenta y tres años desde que Mr. Bradbury ideara ese mundo irreal en el que las personas han perdido la identidad individual porque se les dice que deben ser todos iguales, se les dice que deben ser felices, y se les dice que son felices porque la felicidad se encuentra en la forma de vida que llevan. Tienen emisoras de radio que emiten música vacua continuamente, pantallas de televisión que ocupan paredes enteras con las que se entretienen en grupo viendo –casi sintiendo- programas y concursos insulsos y vacíos. De hecho, en un momento de la historia la esposa del protagonista presiona a éste para que compren una cuarta de estas pantallas con la que llenar la última pared desnuda de tecnología del salón y así completar su particular mundo interactivo.

Hace ya cincuenta y tres años que el bueno de Ray imaginara un mundo donde nadie pasea por la calle o el campo, donde nadie se hace preguntas observando un cielo plagado de estrellas y donde nadie se queda embelesado observando la belleza que les ofrece la naturaleza. Un mundo donde nadie charla, porque no hay nada de lo que hablar y porque prefieren sus entretenimientos impuestos porque les han dicho que así es como se es feliz.

Un mundo, una sociedad y una época en la que nadie lee, porque leer lleva a pensar por uno mismo y a hacerse preguntas, y eso, como ya se ha dicho, es peligroso, muy peligroso.

Hace cincuenta y tres años, la historia de Bradbury fue clasificada como de ciencia ficción. Pero yo sí me quedo embelesado mirando un cielo plagado de estrellas, y sí me pregunto… ¿Ciencia ficción?