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Hace poco tuve que inventarme una parábola, tal como hacia Jesucristo en sus tiempos, para explicarle a alguien con conocimientos muy básicos de informática y que siempre ha usado Windows las ventajas de usar Linux. Su argumento en contra era tan simple como “Siempre he usado Windows”.

No se me ocurrió otra cosa que contarle la siguiente historia:

Imagina que de pequeño te enseñaron a comer macarrones. Comer macarrones es muy sencillo, solamente tienes que pincharlos con el tenedor y llevártelos a la boca. Es fácil, y requiere un aprendizaje realmente corto. Pasan los años y sigues comiendo macarrones porque crees que no existe ninguna otra comida. Ya dominas más o menos el tema. Incluso sabes echarles queso rayado antes de comértelos.

Entonces llega alguien y te pregunta: ¿Qué comes? Y tú respondes: macarrones.

El otro te pregunta: ¿Sólo comes macarrones? A lo que tú contestas: Sí, claro. Solamente sé comer macarrones.

Y el otro de dice: Yo te ofrezco otra cosa, mientras te muestra un plato de langostinos de Sanlucar de Barrameda del tamaño de un plátano de Canarias cada uno. ¿Quieres probar los langostinos? Te pregunta.

A lo que tú respondes: No, no quiero langostinos, no sé pelar langostinos, solamente sé comer macarrones. Pinchar macarrones con un tenedor es mucho más fácil que pelar langostinos.

¿Y no quieres aprender a pelar langostinos, para si poder comer algo mucho mejor que los macarrones? Y tú respondes: No, no tengo ningún interés en aprender a pelar langostinos. No sé como saben los langostinos, así es que prefiero seguir comiendo macarrones, que ya sé cómo se hace. Además, pelar langostinos es muy difícil, y yo no quiero aprender nada más.

El te pregunta sorprendido: ¿Y vas a pasarte la vida comiendo macarrones solamente por el hecho de no querer aprender a pelar langostinos?

Y tú respondes: .

Y así te quedas tú. Comiendo macarrones y sin probar los langostinos por el simple hecho de que cuando empezaste con esto de la informática y los ordenadores alguien que solamente sabía comer macarrones te enseñó un poco lo que es Windows y te dijo que comieras macarrones, que son muy buenos, y muy fáciles de comer. Y que no hicieras caso a nadie que intentara enseñarte a pelar langostinos, que no merece la pena.

Seguro que la mayoría de los millones de lectores que me siguen fielmente y que ahora están leyendo estas líneas ha visto la película 8 Millas, interpretada por Eminem. ¿Recuerdan a qué se dedicaban el rapero de Detroit y sus colegas? Pues sí, eso es, a las competiciones de rap, es decir, a inventar frases sobre la marcha sobre una base musical con el fin de poner verde al contrincante mientras éste aguanta estoicamente el chaparrón dialéctico.

Pues bien, el sábado pasado se celebró en Fuenlabrada la final de la segunda batalla de la modalidad, patrocinada por Red Bull. La competición en sí tiene el original nombre de Batalla de Gallos, y la historia va de montar un escenario –que en algunos casos parece un cuadrilátero- y situar allí a dos MC a mentarse la madre (los que rapean reciben el rimbombante nombre de Maestros de Ceremonias).

En la página web del evento hay una selección de vídeos de las cuatro semifinales españolas, que tuvieron lugar en Barcelona, Madrid, Sevilla y Zaragoza. Por pura curiosidad he estado dándole un vistazo a los vídeos.

Y bueno, teniendo en cuenta que…

- No entiendo mucho de hip hop (más bien muy poco, por no decir nada),
- Este tipo de música no es algo que me guste demasiado. Seguramente el constante bombardeo hiphopero al que soy sometido en mi propia casa influye bastante en eso.
- La pose de algunos seguidores del hip hop, intentando parecer chicos malos e imitando a los gánsters de color norteamericanos me parece bastante cutre.

…les comento las conclusiones a las que he llegado:

Reconozco que los concursantes gozan de una notable agilidad mental. En unos casos más, y en otros menos, pero la verdad es que estar hablando durante un minuto a buena velocidad e intentando rimar lo que se dice tiene su complicación, y los chavales (pues todos son bastante jóvenes) no se callan ni un momento. En cualquier caso me gustaría mucho saber cuantas faltas de ortografía cometería más de uno si tuviera que escribir todas las palabras que dice, pero eso es otro tema.

También es verdad que en muchos casos se nota a la legua el abuso de frases hechas, que van metidas en medio del rollo con calzador. Asimismo se nota que los chavales han pasado sus buenos ratos practicando el tema, ya que tienen bien cogido el ritmo y cuentan con una reserva de palabras –no demasiado extensa, básicamente son expresiones del tipo “hijo de puta”, “cabrón” y cosas así- que emplean hábilmente para dar más énfasis a la frase, o simplemente para terminarla.

Sobre el estilo musical hay poco que decir. Es nulo. La base musical del rapeo esta compuesta por una serie de ritmos sin más pretensiones que marcarle la pauta al moderno trovador. No hay melodía. No hay armonía. No hay nada.

Otra cosa en la que me he fijado es en la imaginación desbordante que muestran en cuestión de imagen: Todos visten igual, todos se mueven igual, todos cogen el micrófono igual, todos se ponen la gorra igual y todos cantan igual.

Buscando algo más de información sobre el fenómeno en Internet, he aterrizado en un foro donde en uno de los mensajes se podía leer: “El hip hop se basa en el respeto. Es hip hop es respeto”

Bien, permítanme a continuación transcribirles algunas de las sutiles expresiones que he oído en los videos:

- Me voy a follar a tu puta madre.
- Te voy a pisar la cabeza.
- Te van a dar por culo a ti y a tu puta mamá.
- Me vas a comer la polla.
- Voy a dejarte el culo como la bandera de Japón.
- Eres una puta bola de mierda. (Uno a otro muy gracioso que está bastante pasadito de kilos).

Es decir, que se cagan en la puta madre del otro, pero siempre desde el respeto, que conste. Lo curioso es que cuando acaban de ponerse verdes se dan un abrazo o como mínimo se dan la mano. Son unos bonitos gestos, eso también lo reconozco, aunque en uno de los videos uno le soltó al otro una barbaridad sobre su madre y cuando se daban la mano el otro le lanzó una mirada que decía “te voy a dar una hostia en cuanto pueda que te voy a arrancar la cabeza, so cabrón”

Para terminar, por si alguien cree que el tema del rap y del hip hop es nuevo, les comentaré que en el año 1.979, cuando los padres de los futuros raperos todavía no habían echado la barba, se editó el que muchos consideran primer single de hip hop de la historia. El tema se llamó Rappers Deligh, y sus autores The Sugarhill Gang. Aunque realmente no fue así, ya que meses antes se había editado King Tim III (Personality Jock) de un grupo llamado The Fatback Ban, y que fue realmente el primer disco de hip hop editado en el mundo.

El hecho de mencionar el Rappers Deligh sólo es para poder comentarles un par de anécdotas sobre esta canción. El título de la misma significa algo así como el disfrute del rapero, pero como en aquel entonces no se tenia ni idea de lo que era (o sería en un futuro) un rapero, se tradujo como el goce del violador (rape significa violación en inglés), es decir, nada que ver con el significado original.

La segunda anécdota viene de la canción Aserejé, del grupo femenino Las Ketchup (sí, las heroínas de Eurovisión). Resulta que las palabras de la parrafada que conforma el estribillo de la canción, (ya saben aquello de Aserejé ja dejé…) son las primeras líneas del tema de los Sugarhill Gang (I say the hip hop, the hip…), pero mal dicho, claro.

En definitiva, que no me va mucho el rollo este del hip hop, pero bueno, como decía uno que no sé quien fue pero que tenía más razón que un santo, el libro de los gustos está en blanco y yo desde luego no soy quién para criticar los gustos de nadie. Al contrario, tal como están las cosas, es mejor que el chavaleo se dedique a insultarse con rimas que a romperse la cara en la calle.

PD. ¡Ah!, tendré que decir quien ha ganado, ¿no? Bien, pues el vencedor es un tal Rayden, de Alcalá de Henares, que acudirá a la final latina en Bogotá en el próximo mes de noviembre. Mi enhorabuena.

En estos momentos estoy leyendo Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. Para aquellos que no hayan leído el libro o no hayan visto la película, la historia trata sobre un bombero en una época en la que los bomberos no se dedican a apagar fuegos, sino a iniciarlos.

La novela fue escrita en el año 1.953, y relata como en una sociedad futura el hecho de pensar se considera peligroso. Por tanto, los bomberos reciben llamadas de emergencia y acuden raudos a quemar todos los libros – y en ocasiones la vivienda entera- de aquellos que se atrevan a conservar algunos ejemplares en su casa, porque es bien sabido que leer induce a pensar. Y pensar, como todo el mundo sabe, es peligroso.

Han pasado ya cincuenta y tres años desde que Mr. Bradbury ideara ese mundo irreal en el que las personas han perdido la identidad individual porque se les dice que deben ser todos iguales, se les dice que deben ser felices, y se les dice que son felices porque la felicidad se encuentra en la forma de vida que llevan. Tienen emisoras de radio que emiten música vacua continuamente, pantallas de televisión que ocupan paredes enteras con las que se entretienen en grupo viendo –casi sintiendo- programas y concursos insulsos y vacíos. De hecho, en un momento de la historia la esposa del protagonista presiona a éste para que compren una cuarta de estas pantallas con la que llenar la última pared desnuda de tecnología del salón y así completar su particular mundo interactivo.

Hace ya cincuenta y tres años que el bueno de Ray imaginara un mundo donde nadie pasea por la calle o el campo, donde nadie se hace preguntas observando un cielo plagado de estrellas y donde nadie se queda embelesado observando la belleza que les ofrece la naturaleza. Un mundo donde nadie charla, porque no hay nada de lo que hablar y porque prefieren sus entretenimientos impuestos porque les han dicho que así es como se es feliz.

Un mundo, una sociedad y una época en la que nadie lee, porque leer lleva a pensar por uno mismo y a hacerse preguntas, y eso, como ya se ha dicho, es peligroso, muy peligroso.

Hace cincuenta y tres años, la historia de Bradbury fue clasificada como de ciencia ficción. Pero yo sí me quedo embelesado mirando un cielo plagado de estrellas, y sí me pregunto… ¿Ciencia ficción?

Once y media de la noche. Alberto sale a hurtadillas de su casa y se dirige al garaje sin encender la luz de la escalera. Arranca su automóvil y sale a la calle. Dos esquinas más allá se encuentra aparcado un coche de la Policía. Alberto hace girar el vehiculo por la primera esquina a la izquierda para no pasar por su lado.

Tras rodear el edificio, sale a la carretera. Se dirige hacia la peor zona de la ciudad intentado no ser visto por ninguna de las numerosas patrullas que rondan las calles.

Tras dar unas vueltas por el barrio detecta unas tenues luces que salen de un pequeño local del cual le habían hablado anteriormente. Se acerca temerosamente y aparca el coche a una distancia prudencial, pues no quiere que lo reconozca nadie en caso de que se presenten problemas y llegue la policía.

Cruza la calle con precaución, mirando a uno y otro lado para asegurarse de que nadie lo observa. Se acerca al local, cruza unas breves palabras con el matón de la puerta, y entra.

Unas quince personas de la peor calaña ocupan el oscuro local. El gordo camarero luce un sucio delantal y le mira adustamente, aunque a Alberto eso no le importa. Ha abandonado la seguridad de su casa y ha llegado hasta aquí con un motivo, y ahora nada ni nadie le va a impedir conseguir su propósito.

Se acerca decidido a la barra. Espera a que el sucio camarero se acerque, y cuando lo hace le pide en voz baja lo que ha venido a buscar:

¿Me da un paquete de Ducados, por favor?

Año 2005. La situación es crítica.

Las organizadas hordas provenientes del oeste ya han invadido nuestro territorio con la complicidad de ciertos elementos cuyo único fin es el de enriquecerse aun a costa de la libertad de sus conciudadanos. Nada hemos podido hacer ante las armas de los invasores salvo plegarnos a su poder y aceptar sus exigencias.

Sus himnos atronan nuestras ciudades. Su bandera ondea en nuestras calles. Sus danzas tribales son seguidas frenéticamente por las generaciones más jóvenes, que al contar con una personalidad más limitada han sido los primeros en sucumbir ante la perniciosa influencia del enemigo.

Efectivamente, los miembros de estas jóvenes generaciones han sido mutados en algo parecido a zombies descerebrados y sin ideas propias, que solamente sirven ya para obedecer los dictados que los líderes invasores les transmiten a través de ondas hertzianas.

Pero no todo esta perdido para nuestra civilización. Un reducido grupo de rebeldes resiste a la invasión desde la clandestinidad. Su único recurso frente al poder opresor es una determinación inquebrantable, su buen criterio aprendido a lo largo de los años y una larga experiencia en la guerra de guerrillas contra invasiones de todo tipo en tiempos pasados.

Los líderes de las fuerzas de ocupación se muestran implacables en su castigo hacia la población civil. Aquellos cuyo celebro no puede ser reprogramado sufren las consecuencias de la opresión en forma de encarcelamientos y crueles torturas.

Los servicios secretos de los invasores intentan por todos los medios aplastar los focos de rebeldía. Las casas de la población civil son registradas, sus ocupantes son interrogados e intimidados y frecuentemente son conducidos a sus dependencias para ser sometidos a un proceso de aborregamiento que, o bien los convertirán en fieles seguidores de su causa, o bien les dejara secuelas incurables para toda la vida. Si es que viven.

Mi nombre es Aboreh, y soy uno de los pocos líderes rebeldes supervivientes.

La pasada noche me encontraba oculto en la sala de control de mi guarida manipulando simultáneamente dos ordenadores en un intento desesperado por introducirme en el sistema informático de los invasores. De repente, un ataque envolvente se perpetró de forma traicionera contra mi persona.

Por la calle principal avanzaba un SEAT León amarillo tuneao disparando obuses del Quiero la gasolina, calibre 200 decibelios.

Por una calle lateral los potentes altavoces de un Peugeot 206 negro, también tuneao, torpedeaban el aire con el Dale Don Dale.

Temiendo lo peor, me asomé a la ventana para intentar un plan de fuga desesperado, pero desde la ventana continua un francotirador me disparó una ráfaga de Pobre Diabla, alcanzándome en el oído izquierdo y haciéndome retroceder. Entonces intenté abandonar la sala de control por la puerta, pero me vi rodeado y reducido por las explosiones acústicas del ritmo machacón y repetitivo hasta la saciedad que salían de la habitación continua.

¡Malditos cobardes! Ni siquiera había tenido oportunidad de alcanzar mi guitarra para defenderme. Había caído en una encerrona de mi peor enemigo: ¡El Reggaetón!

Cuando desperté me encontré en una sala de paredes acolchadas. Estaba tumbado en una camilla y atado de pies y manos a ella y tenía una herida en la frente producida por la onda acústica que me había derribado. Todavía me zumbaban los oídos a causa del feroz ataque reaggetoniano.

Entonces entraron en la sala dos de los jefes de las fuerzas de ocupación: el comandante William Omar Landrón, también conocido como Don Omar, y el comandante Raymond Ayala, apodado Daddy Yankee por sus seguidores.

- Así es que tú eres el famoso Aboreh, ¿eh? – me preguntó el tal Don Omar.

Alrededor de los dos personajes se encontraban varios zombies de peinado de cenicero a modo de guardaespaldas, además de varias jovencitas vistiendo provocativas minifaldas que no paraban de mover el culo mientras tarareaban dame gasoliiiina, quiero gasoliiina.

- Sí, soy yo – respondí – ¿Y tú eres…?
- Yo soy Don Omar, comandante de los reggaetones.
- ¡Ah! ¿Y tú no sabes que autoproclamarse “Don” denota muy poquita educación, además de bastante chulería?
- ¡Aquí las preguntas las hago yo! – me increpó furioso – ¿Por qué te pones en contra del reggaetón, maldito traidor?
- ¿Sinceramente? Pues porque me parece una payasada – respondí
- ¿Ah sí? ¡Pues te vas a enterar, brother! – me gritó

A un gesto del comandante se me acercaron dos de los zombies pelocenicero con la mirada perdida. Antes de que pudiera reaccionar me encasquetaron unos grandes auriculares sobre las orejas, y tras unos segundos de silencio las notas del Gasolina de los cojones atravesaron mi cabeza.

Dos minutos de tortura fueron suficientes. Cuando me quitaron los auriculares un hilo de baba caía por la comisura de mi boca y parecía que la cabeza me iba a estallar. Me sentía fatal

- Bien, amigo Aboreh. Sigamos platicando tranquilos, ¿okay? – Me preguntó
- ¿Hablas inglés, Don? – le pregunté a su vez.
- Pues claro – respondió altivamente – soy de Puerto Rico, hermanote.
- ¡Pues fuck you, carajote! ¡Ja, ja, ja!

El comandante Don Omar se dirigió furiosamente a los dos pelocenicero de los auriculares.

- ¡Tum ta chum ta chúm! – les ordenó
- ¡Ta chúm! – respondieron al unísono.

Y de nuevo se acercaron a mí los dos zombies con los auriculares en la mano. Solamente el hecho de recordar los dos minutos de reggaetón a los que me habían sometido antes ya me producía arcadas.

- ¡Noooo! ¡¡Los auriculares noooo!! – grité acojonado.
- ¡Entonces hablarás! ¡Queremos saber dónde se ocultan el resto de los rebeldes! – Intervino por primera vez el comandante Daddy Yankee.

La situación empezaba a tener mal aspecto. No me quedó más remedio que contestar.

- Oye comandante, ¿Tú también eres de Puerto Rico? – le pregunté
- Pues claro, hermano.
- ¡Pues cógemela con la mano! ¡¡Ja, ja, jaaaa!!

Aquello colmó el vaso de la paciencia de los dos comandantes. Empezaron a gritar órdenes a los pelocenicero, a lo que estos me volvieron a colocar los auriculares a toda potencia.

Otros cinco minutos de Baila morena acabaron con mi resistencia. Lo último que vi antes de perder el conocimiento fue a las jovencitas moviendo el culo.

Cuando volví a despertar, seguía en la camilla, pero esta vez estaba sentado. Una de las jovencitas minifalderas tenía una bandeja en la mano, y uno de los pelocenicero me estaba poniendo una inyección en el brazo.

- ¿Qué coño es esto, cabrones? – pregunté amablemente
- Es el suero de la verdad, ahora nos dirás lo que queremos saber.
- Y un carajo. No confesaré – contesté.
- Eso lo veremos – respondió Don Omar desafiante – El suero ya esta haciendo efecto, así es que te haré la pregunta de nuevo. ¿Dónde se esconden el resto de los rebeldes?

Efectivamente, el suero me estaba haciendo efecto y me estaba amodorrando. Con los ojos medio cerrados le pregunté:

- ¡Qué sueño! ¿En que año estamos, Don?
- En el dos mil cinco.
- ¡Por el culo te la hinco! ¡¡Jaaaa, Ja, ja, ja, jaaaa!!

Por suerte para mí en aquel momento se oyó un fuerte golpe y se abrieron las puestas de la estancia violentamente. A continuación entraron varios de mis camaradas rebeldes armados con guitarras y bajos eléctricos y baquetas de batería. (En la imagen de la izquierda podemos ver a un camarada australiano armado con una Gibson SG en el fragor del combate)

Tras una breve escaramuza con los pelocenicero, los rebeldes recuperamos el control de la situación.

- Haya paz, hermanos – proclamé – No hay que luchar contra el reggaetón, ya que pronto desaparecerá por sí solo de la faz de la tierra.
- ¡Nunca! – respondió Daddy Yankee – Nuestra música es una mezcla de reagge y hip hop, y no puede desaparecer.
- ¿Has dicho de reagge? ¡¡Ja, ja, ja, ja!! ¿En serio? ¡Si Bob Marley levantara la cabeza y oyera eso se moriría otra vez de la risa! – contesté yo – ¿Qué tiene que ver eso vuestro con el reagge? ¿Y con el hip hop?

Los comandantes ya no estaban tan bravucones.

- ¡Pero nosotros somos originales! ¡Somos transgresores! ¡Escandalizamos a la sociedad con nuestras letras! – Protestó el comandante Don Omar.
- ¿Vosotros, escandalizar? – me sorprendí – ¡No me hagas reír, chaval! ¿Te suenan los Rolling Stones? ¿Y Alice Cooper? ¿Y los Sex Pistols? ¿Iggy Pop? ¿Frank Zappa? Solo sois unos críos maleducados a su lado.

Los reggaetones se miraron con sorpresa. ¿De quien coño les estaba yo hablando?

- ¿Y sabéis por qué va a desaparecer? Porque no tenéis imaginación, todas las canciones son iguales. Habéis encontrado una fórmula para venderles un ritmo y un baile a los chavales y ya no sabéis salir de ahí.

Los pelocenicero se miraban los unos a los otros. Sus miradas ya no estaban perdidas, sino que ahora mostraban interrogación y algo de suspicacia.

- ¿Y quieres otro motivo por el que va a desaparecer? Porque las chicas mandan en esto de las modas musicales, y a las chicas no les gusta vuestro rollo. Tal vez ahora les haga gracia a unas cuantas adolescentes, pero pronto abrirán los ojos y se darán cuenta de que sois unos machistas en un mundo de machistas, y que tratáis a las mujeres como objetos decorativos. Solo las tenéis para sacarlas en los videos moviendo el culo en minifalda.

Las jovencitas dejaron de sonreír y de mover el culo y miraron con cara de enfado a los comandantes mientras se estiraban la falda pudorosamente.

Mis camaradas rockeros me llevaron de vuelta a mi guarida, donde no tuve más que sentarme tranquilamente a esperar a que pasara la moda del reggaetón. Solamente duró dos meses más, justo hasta el último día de verano.

Nota final personalizada:

- Al pueblo de Puerto Rico, y también al de Panamá, deciros con todos mis respetos que siento mucho que os haya tocado a vosotros parir semejante engendro musical. Os deseo más suerte la próxima vez.

- A los seguidores del reggaetón solo puedo deciros que no desesperéis. Si la Madre Naturaleza no os ha favorecido con el buen gusto por la música, tal vez lo tengáis para otras artes, como el punto de cruz, por ejemplo. En todo caso, cuidadito con los coches tuneaos y con el Messenger, que los carga el diablo.

- A Don Omar, Daddy Yankee y otros reggaetoneros. Pues nada, sólo deciros que la… mmm… digamos la música que hacéis me parece un autentico coñazo, un monumento a la falta de imaginación y la horterada más grande que he oído en mi vida. Pero en fin, cada cual hace lo que puede. O lo que sabe.

Pero de buen rollito ¿eh?, no es nada personal.

Hace unos días me invitaron a una fiesta. Una joven desconocida vestida de negro y luciendo unas vistosas trenzas de color naranja me abordó en plena calle y con una enigmática sonrisa del mismo color me entregó una invitación impresa en un brillante papel.

Leí el anverso, en el que con una elegante tipografía dorada sobre fondo negro se indicaba el lugar de la fiesta, un casino en las afueras, y la hora, el sábado a las diez de la noche. En letra pequeña se indicaba que el vestuario exigido para hombres y mujeres era libre.

En el reverso se indicaba que la invitación era personal e intransferible, y debajo se dibujaba una línea de puntos en los que supuestamente se debía escribir el nombre del invitado. Le pregunté a la desconocida qué pasaba si quería ir acompañado, a lo que me contestó sin dejar de sonreír que quien debía ir a la fiesta ya tenía su invitación, y que si no la tenía, es que no debía ir.

Volví a mirar la invitación, porque también tenía mis dudas acerca de aquello de que el vestuario exigido era libre, algo que me parecía totalmente contradictorio, y cuando alcé la cabeza para pedirle a la desconocida que me aclarara aquel punto descubrí que había desaparecido. Ya no se encontraba ante mí, ni podía verla en toda la calle.

Volví a mirar la invitación. Curiosamente, sobre la línea de puntos ahora se podía leer claramente mi nombre completo escrito en letra de imprenta.

Todo aquello me sonaba cada vez más raro. ¿Cómo había desaparecido la chica tan velozmente? ¿Cómo había aparecido mi nombre en la invitación donde segundos antes solo había una línea de puntos? ¿Por qué me invitaban a mí precisamente? ¿Quién celebraba la fiesta y con qué motivo?

El caso es que me picó la curiosidad, y pensando que no tenía nada que perder decidí acudir a la misteriosa fiesta.

El sábado me vestí siguiendo estrictamente las instrucciones de la invitación, es decir, como me salió de los… bueno, como consideré oportuno: zapatos negros, pantalones vaqueros grises, camisa blanca sin corbata y chaqueta negra de sport. La melena sin recoger cayendo sobre los hombros. Arreglado, pero informal, como decía la folclórica.

El casino disponía de aparcacoches propio, así es que no perdí ni un segundo en pasar
al vestíbulo. Allí un empleado impecablemente vestido se acercó a mí para recoger mi abrigo o mi sombrero, supongo yo, pero al comprobar que yo no usaba ni uno ni otro dio media vuelta y se alejó de mí contrariado.

Desde el vestíbulo accedí a un lujoso salón del que provenía una suave música –Enya, me pareció reconocer-. Por el enmoquetado suelo de la estancia se repartían unas cien personas formando grupos más o menos numerosos. Me pareció que la proporción entre hombres y mujeres estaba bastante igualada y calculé la media de edad de los asistentes en torno a los treinta o treinta y cinco años.

Entré en el salón, e inmediatamente se me acercó un elegante camarero para preguntarme si quería tomar algo. Le contesté que tomaría una cerveza fría. Me miró de arriba abajo con desdén y dio media vuelta para dirigirse taconeando altivamente hacia una barra de bar cercana en busca de mi bebida. En breves segundos estaba de nuevo a mi lado ofreciéndome una jarra de cerveza helada, aunque su mirada de desprecio no había cambiado ni un ápice.

Decidí ignorar al estirado camarero y seguí andando hacia el interior del salón. El primer grupo con el que me tropecé estaba formado por hombres y mujeres vestidos con lujosos trajes de Armani que portaban carteras de piel y bolsas de ordenadores portátiles en las manos. Todos y cada uno de ellos tenía al menos un teléfono móvil de ultima generación a la vista y algunos manejaban sofisticados PDA’s y agendas electrónicas mientras charlaban animadamente con los demás. Incluso los había que se mandaban mensajes SMS multimedia entre ellos, aunque se encontraban solamente a un par de metros de distancia.

Me pareció bastante fuera de lugar presentarse en una fiesta con tal arsenal tecnológico, así es que escuche intrigado su conversación antes de decidirme a presentarme. Un grupo escuchaba atentamente a uno de sus integrantes, un hombre delgado con gafas redondas y cara de pollo, que hablaba sobre el último estudio que había realizado su empresa –una consultora informática, deduje yo- a uno de sus clientes.

El plan del cliente era montar una .com para hartarse de ganar dinero en Internet, ni más ni menos. Por lo que pude entender, para llevar a cabo tan ambicioso proyecto la empresa del carapollo le había presupuestado a su cliente lo siguiente (hablamos en Euros, contantes y sonantes):

Concepto Cantidad Importe Total
Ordenadores de alta tecnología (PentiumIV a 2.7Ghz) 6 4500 27000
Sistemas operativos de alto rendimiento basados en Unix (Es decir, Linux) 6 3200 19200
Software servidor de Sites y Portales Corporativos (Apache) + seguridad activa 2 4200 8400
Software servidor de Bases de Datos relacional, escalable y de alta fidelidad (MySQL) 1 3000 3000
Diseño e implementación de la estructura neuronal y de red inalámbrica 160 horas 72 /hora 11520
Formación de alto nivel al personal de la empresa 320 horas 60 /hora 19200
Diseño y maquetación del logotipo corporativo 1 36000 36000
Subtotal 124320
Iva 16 % 19891
TOTAL s.e.u.o. 144211

- ! Eh! y a buen precio, que son colegas míos y los hemos tratado muy bien. – Decía el carapollo – No les hemos cobrado dietas ni desplazamientos, que son un pico, y la formación se la hemos dejado tirada, como podéis ver. Ahora que ya veréis, en dos días están montados en el dólar, ¡seguro!”
- ¡Oooohhh! – Dijeron todos los contertulios a la vez
- ¡COooohhh – JOooohhh – Neeees! – Dije yo.

Bueno, como no me apetecía mucho meterme en temas tan truculentos, me acerqué a otro subgrupo. Una de las mujeres, una rubia de peluquería de unos treinta y pocos años y más fea que Rossy de Palma tomando bicarbonato, se quejaba amargamente de que la obra de ampliación de la piscina de su chalet se estaba demorando demasiado, a lo que su interlocutora, una señora algo más alta y más joven pero igual de fea, respondía con graciosos mohines de contrariedad y continuos “!Oooohhhiggss! ¡Y yo más!”

Un poco más allá se encontraba una señora cuarentona que no dejaba de observarme con atención. Se encontraba apartada de los demás, aunque más bien parecía que estaba integrada en otro grupo del que se había separado un poco y ahora estaba en terreno de nadie. Lucía un espectacular collar de oro rematado por un diamante que hacia juego con sus pendientes y con los adornos de su bolso y sus zapatos de tacón, que también eran pequeños diamantes.

Entretanto, uno de los caballeros de más edad había abierto el ordenador portátil sobre una de las mesas y se lo estaba mostrando orgulloso a los integrantes del corrillo que se había formado a su alrededor.

La cuarentona seguía observándome descaradamente, y yo seguí prestando atención al corrillo de los del ordenador, pero cuando volví a mirar a la señora, ésta se había situado a mi lado y seguía mirándome con descaro.

Cuando la situación ya se me estaba haciendo embarazosa, la señora tocó levemente mi brazo y cuando me giré hacia ella me ofreció una copa vacía y me dijo “Tráeme otra copa de Dom Perignon, mozo”

Reconozco que por un momento no supe como reaccionar, así es que tomé la copa sin decir nada y me acerqué al camarero que me había servido la cerveza anteriormente. Le tendí la copa y mi jarra ya vacía y le dije -“Ponme otra jarra de cerveza a mí y otra copa para aquella señora que parece un árbol de Navidad, mozo”-

El camarero compuso un gesto de desagrado, y me indicó:

- Caballero, para su información le diré que aquella “señora” es Doña Jimena de Díaz-Hermosilla y Salvatierra-Machado, condesa del Alto Condado del Bierzo y dos veces Grande de España por la gracia de Dios.
- ¿Ah, si? ¡No jodas! – contesté yo – Bueno, pues entonces yo quiero otra cerveza y la señora dos veces grande quiere otra copa de cava, mozo.
- ¿Cava, señor? – me preguntó extrañado el camarero
- Si, cava. Codorniu o Freixenet o lo que tengas por ahí, mozo. (Aquí tengo que confesar que pensé que tendría que pagar yo las copas, por eso me hice el sordo con el Dom Perignon).

El camarero sirvió las bebidas y me las entregó. Me acerqué a la de los diamantes –sinceramente, ya no recordaba su nombre- y le dije:

- Señora, su bebida – al tiempo que le ofrecía la copa.
- Ha tardado mucho, mozo – se quejó ella.
- Es lo malo que tiene no ser camarero, que no se tiene práctica.
- ¡Ah! ¿No es usted camarero? ¿aparcacoches entonces? ¿de mantenimiento? – se interesó.
- No señora, soy un invitado.
- ¿Ah? ¡Vaya! ¡Qué pintoresco es usted!

¡Me había llamado Pintoresco, la tía guarra! ¡A mí! ¡Así se le atragante el Rondel! ¡Pintoresco! Mira que me han llamado cosas en mi vida, pero nunca me habían llamado Pintoresco. Y menos en toda mi cara.

En fin, como aquella mujer tenia el don de descolocarme por completo, decidí acercarme otra vez a los del portátil.

Mientras los demás admiraban el aparato, el dueño reparó en mí y me preguntó;

- Usted parece entender de ordenadores, amigo ¿Qué le parece este? Una maravilla, ¿a que sí? – me preguntó el orgulloso dueño del cacharro.

Me acerqué al ordenador y le comenté:

- Muy bonito, sí. Está muy bien- opiné – ¿Cómo se llama?
- Se llama Pentium IV a 3.2 Gigaherzios, joven. 40Mb de Disco Duro, 512 de RAM, regrabadora de DVD’s, WiFi integrado… – me relató
- Si, todo eso ya lo leo en la etiqueta. Que cuánto le ha costado, me vengo a referir.
- Ah, tirado, tirado. Me ha salido por solamente 3.200 Euros. Una ganga.
- ¡No me diga más! ¿A que se lo ha vendido aquel tío con cara de pollo? – le pregunté
- ¿Cómo lo ha sabido? ¿Lo conoce? – se extrañó
- Hasta ahora no, pero ya lo voy conociendo – contesté.

No quise entrar en detalles con el caballero y lo deje disfrutando de su “ganga” en su santa ignorancia mientras seguía mi paseo por el grupo.

Ahora la mujer que se lamentaba de la tardanza en la ampliación de la piscina le estaba relatando a la otra las excelencias del sistema SVQTC (Se-Ve-Que-Te-Cagas) del DVD integrado en el salpicadero del BMW 835 que le había regalado su marido por su cumpleaños. La otra le contestaba emocionada: “!Oooohhhiggss! ¡Y yo más!”

Decidí que ya tenia bastante de empresas.coms, de portátiles, de móviles de ultima generación, de DVD’s y demás Oooohhhiggss y busqué otro grupo.

Por error fui a parar al grupo de la Señora Doña… joder… ¿cómo se llamaba la tía esta?… Bueno, la dos veces grande de España, ya saben a quién me refiero.

Resulta que la buena mujer era la que menos bisutería llevaba encima. Las demás damas llevaban collares, anillos, pendientes, e incluso diademas plagadas de brillos de oro, plata y pedruscos preciosos en general. Todo el escaparate de Tiffany’s.

En previsión de que me iba a hacer falta para lidiar con aquel ganado, me acerqué al camarero de antes, el cual no me quiso dar la oportunidad de que le volviera a llamar “mozo” y ya me tenía servida una tercera jarra de cerveza cuando llegué a la barra.

- Gracias, mozo – le dije antes de marcharme de vuelta al grupo de los brillos.

Uno de los integrantes del grupo era un señor de unos cincuenta años vestido con chaqueta azul, pantalón gris y pañuelo al cuello. Usaba unas gafas de diseño con montura dorada y los gemelos de oro que asomaban bajo las mangas de la chaqueta brillaban tanto como su Rólex.

Estaba hablando con otros dos personajes; uno era pequeñajo, muy delgado, completamente calvo y lucía una frondosa barba. El otro era igual, pero con pelo enmarañado y sin barba. Parecía que tuvieran la misma cabeza pero puesta una al revés del otro.

- Pues si, ya veis. Solo he comprado dos mil quinientas acciones, porque me ha dado pena quedarme con todo el negocio.
- Es que es usted un santo, Don Leandro – le decía el de la cabeza al derecho.
- Sí, Don Leandro, es usted un santo – recalcaba el de la cabeza al revés.

No tenía un interés especial en averiguar de qué coño eran las dos mil quinientas acciones, así es que me di la vuelta para largarme con la música a otra parte. En eso estaba cuando el tal Don Leandro me llamó.

- ¡Oiga! ¡Usted!
- ¿Es a mí? – pregunté girándome
- Sí. No se vaya, acérquese.

Me acerqué al grupo. Los otros dos individuos me miraban con expresión desconfiada.

- Mi nombre es Don Leandro Salazar y Rincón, de los Salazar y Rincón de toda la vida – me aclaró – ¿Cómo se llama usted, amigo?
- Me llaman Aboreh – respondí – de los Aboreh de… bueno, de los Aboreh a secas.
- Que nombre más raro, Don Leandro – comentó cabeza-con-barba.
- Sí, que raro es el nombre, Don Leandro – apuntilló cabeza-con-pelo.

Eran Hernández y Fernández en versión pelotillero, los jodíos.

- ¡No es raro! ¡Es pintoresco! ¿Y cómo es que se encuentra usted en esta fiesta, Don Aboreh? – Me preguntó Don Leandro.

Pintoresco – pensé yo – ¿Y si yo ahora te llamo hijo de tu reputísima madre? Bueno, decidí ser prudente por el momento.

- Pues realmente no sé muy bien que hago aquí. Una joven de trenzas naranja me dio una invitación por la calle, y como no tenía nada mejor que hacer decidí pasarme por aquí a ver que se cuece – contesté.
- Ah, estupendo. ¿Y qué le parece la fiesta hasta el momento?

¿Cómo le decía yo a aquel tipo que me lo estaba pasando del carajo, pero únicamente por lo ridículos que me parecían los invitados?

- Bien, bien. Muy amena – Salí del paso.
- Don Aboreh esta bebiendo cerveza, Don Leandro – Dijo Hernández
- Don Leandro, Don Aboreh esta bebiendo cerveza – Apostilló Fernández
- Oídme, ¿Vosotros dos veníais defectuosos de fábrica u os habéis ido atrofiando por el camino? – Les pregunté
- No les haga caso, Don Aboreh – salio al paso Don Leandro – no tienen mala intención – les defendió – Pero permítame otra pregunta, y disculpe mi indiscreción; ¿ha estado usted en Saint Tropez últimamente?
- Pues no, la verdad es que no he estado nunca en Saint Tropez – respondí.
- ¿No? Pues debería visitarlo, querido amigo. En estas fechas yo suelo embarcar en mi yate y darme una vuelta por allí.
- Ya veo, pero el problema es que yo no tengo yate – respondí.

Si, eso le respondí a Don Leandro, que no tengo yate. Y en qué mala hora lo hice, porque en ese mismo momento la música hizo una pausa y me oyó decirlo todo ser viviente a cinco metros a la redonda.

- ¡Don Leandro, Aboreh no tiene yate! – proclamó Hernández
- ¡Aboreh no tiene yate, Don Leandro! – reafirmó Fernández

Vaya, parece que el no tener yate le mutila a uno el “Don” automáticamente.

- ¡Pero cómo! ¿No tiene usted yate? Entonces… ¡igual no tiene ni casa en Marbella!
- Pues no, mire usted. Tampoco tengo casa en Marbella – contesté.

¡Joder la que se lió cuando dije que no tengo casa en Marbella! Aquello parecía un gallinero, con Don Leandro en el papel de gallo principal, los dos pelotilleros como dos pollitos asustados y todos los demás como gallinas histéricas correteando y cacareando a mi alrededor. ¡No tiene yaaaaaaate! ¡No tiene yaaaaaaate! ¡Coc coc coooooc! Impresionante.

Estaba claro que aquella gente no me veía con muy buenos ojos (ni yo a ellos, aunque no era nada personal), así es que decidí emigrar de nuevo. Me acerqué a un nuevo grupo, no sin antes hacer una parada en la barra para pedir otra cerveza (esta vez no hubo ningún incidente con el camarero)

El nuevo grupo se arremolinaba en torno a un personaje bajito y gordito. Este lucía una recortada perilla que ensanchaba aun más su cara. Vestía una raída chaqueta de pana verde, camisa de cuadros azules, pantalones vaqueros caídos y mocasines marrones. Se le veía muy cómodo mientras hacia una breve pausa en lo que estaba explicando para encender una pipa y captar aun más la atención de los demás. Cuando terminó con la pipa dirigió una mirada a su público como para asegurarse de que estaban todos pendientes a sus palabras y dijo:

- Lo que yo digo, y Nietze corrobora, es que la virtud de la persona se basa en la percepción de lo intrínseco que observa cada cual en los demás.

Y se quedó tan ancho el tío. Hizo otra breve pausa para dar dos largas caladas a la pipa y observar a través del humo la reacción de los otros ante sus palabras. Cuando consideró oportuno, continúo hablando:

- Es más, según mi opinión -con la cual coincide Sartre plenamente- el alma entendida como ente propio e inherente a la persona es comúnmente relacionada con el ego y el alter-ego, a la manera de Freud, y no con algo insustancial e indivisible de la materia, como ya afirmó Einstein con su E=MC2.

Flipante. Era flipante. Y lo mejor del caso es que la panda de cenutrios que se arremolinaban a su alrededor asentían levemente con la cabeza como si estuvieran entendiendo algo.

El tío siguió hablando, pero cambió de tercio esta vez:

- El arte, como tal lo entendemos, es un sinsentido para la razón. No se puede entender nada en la naturaleza sin emplear medios artísticos y a la vez empleando la paleta de un pintor o las teclas de un piano como las emplearía el creador de tal naturaleza.

Joder, joder, joder. Qué cosas, ¿eh? Pero atención, que ahora venia lo bueno. Para terminar de iluminar nuestras incultas mentes, el personaje pidió a la audiencia que lo acompañara a contemplar un cuadro que se encontraba colgado en una pared cercana.

Bien, pues el efecto fue como el de un pastor cuando grita a su rebaño de ovejas en el monte: “!Arriiiaaaa! ¡pá! ¡pá! ¡vaaaamos oveeeeejas!” y las ovejas van y lo siguen. Igualito.

Cuando el individuo se plantó delante del cuadro dio una calada más a su pipa, expulsó el humo despacito por la nariz y empezó a hablar:

- El autor ha encontrado el color en la materia, en las formas, en las texturas. Con él nos comunica la calidez de los tonos y la sensación del espacio y el tiempo. No es de extrañar que la obra sea, pues, un legado inmortal de las propias sensaciones traídas por la imaginación y aplicadas sobre el lienzo. Una obra maestra.

O yo soy más torpe de lo que pensaba, o aquel capullo se estaba quedando con todo el personal. Nunca había oído a nadie hablar tanto y decir tan poco. Su caso era de juzgado de guardia, pero peor era lo de sus acólitos, que lo escuchaban con la boca abierta y sin intención de decirle ¿Pero tú eres tonto o te crees que lo somos nosotros?

A mi lado se encontraba una joven pecosa de melena corta y rizada que parecía encontrarse en éxtasis. Tenía las manos enlazadas sobre el pecho y su expresión de misticismo era tal que parecía que le estuviesen revelando el tercer misterio de Fátima.

Me supo mal apartarla del nirvana, pero tenia que averiguar quién era aquel personaje.

- Perdón, señorita. ¿Me podría decir quien es ese caballero? Me refiero al gordito de la perilla, al que no se calla ni debajo del agua.
- Oh, es el Doctor Federico Antonio de Las Heras Fitz-Roy, una eminencia.
- ¿Una eminencia? ¿sí? ¿en qué? – pregunté
- En todo. En arte, en filosofía, en historia, en humanidades, en música, en todo.
- ¡Ah! ¿Y en qué materia es doctor, exactamente? – me interesé
- En todas. En arte, en filosofía, en historia, en humanidades, en música, en todas.
- ¡Cojones con el tío! – pensé yo – ¡qué monstruo!
- El Doctor Federico Antonio ha tenido a bien acudir a la fiesta para regar nuestras desnutridas mentes inferiores con su increíble cultura – recitó la muchacha.
- Hermanos, alabemos al Doctor – repuse yo con ironía
- Parece ser que no confías en el Doctor Federico Antonio, y deberías hacerlo.
- ¿Ah si? Pues de momento no le he oído decir más que paparruchadas.
- ¿Cómo? ¡Atiende al Doctor, hereje! – se enfadó la pecosa
- Si lo atiendo me puedo volver loco como tú. ¿No ves que se está quedando con todos vosotros?

De nuevo tendría que haber mantenido la boquita cerrada. Cuando oyó que me estaba metiendo con su Doctor, la muchacha reacciono peor que si le estuviera mentando la madre.

Lo peor es que se puso hecha un basilisco y empezó a gritarme improperios y esto llamó la atención de los otros oyentes y hasta del mismísimo Doctor, que consiguió despegarse de sí mismo por un momento. En un momento me tuvieron rodeados, y temí que fueran a practicar conmigo la ley de Lynch.

- ¿Quién es usted, joven? – me honró el Doctor con su pregunta.
- Me llaman Aboreh ¿A que es pintoresco? – contesté
- Realmente lo es, no cabe duda ¿Y a que se debe esta interrupción en mis enseñanzas? – preguntó
- Este hereje inmundo ha dudado de Su palabra, Doctor – explicó la jovenzuela.
- ¿Ah si? Tal vez su mente sea tan escuálida que no alcanza a entender mis sabias palabras, señor Aboreh – explicó el Doctorcito humildemente.
- O tal vez sus palabras sean tan vacías que no ofrezcan nada que entender, caballero.

Aquella salida no hizo otra cosa que calentar todavía más los ánimos de los sectarios Federico-antonianos. Mal asunto, a fe mía.

- Y… ¿por qué cree que mis palabras son vacías, señor Aboreh?
- Veamos, ¿seria usted capaz de reproducir lo que ha dicho sobre ese cuadro hace un momento? – le pregunté.
- Naturalmente – contestó.
- Oigámoslo – repuse yo.

El Doctor examinó el cuadro en silencio durante dos o tres minutos, y posteriormente se lanzó con estas palabras:

- El autor ha encontrado el color en la materia, en las formas, en las texturas. Con él nos comunica la calidez de los tonos y la sensación del espacio y el tiempo. No es de extrañar que la obra sea, pues, un legado inmortal de las propias sensaciones traídas por la imaginación y aplicadas sobre el lienzo. Una obra maestra.

Terminada su parrafada sonrió a sus pupilos con suficiencia.

- Impresionante, Doctor. Realmente impresionante. Solo veo un pequeño matiz, que seguro que el resto de la audiencia también habrá observado.
- ¿Y cual es? – pregunto el Doctor intrigado
- Que esa opinión es exactamente la que dio hace un rato sobre un cuadro, el que esta a su izquierda y que se titula “Vaca pastando en el campo en una calurosa tarde de otoño”. Ahora la ha ofrecido sobre el que esta detrás de usted, el titulado “Puente sobre el río Pisuerga aprovechando su paso por Valladolid”
- ¿Ah sí? ¿Y qué?
- Pues que ha dicho exactamente lo mismo, Doctor. Y no he visto en mi vida dos pinturas más diferentes. ¿Son eso palabras vacías o no, doctor?

Allí dejé al buen doctor y a su rebaño -que por lo visto ya no estaba tan seguro de la infalibilidad de sus palabras.

Entonces pensé que aquella fiesta era una mierda, por decirlo sutilmente. Saqué la entrada del bolsillo de la chaqueta para ver si se me había pasado algo por alto. Mi nombre continuaba escrito sobre la línea de puntos en el reverso igual que antes, pero al darle la vuelta vi algo que me hizo comprenderlo todo de golpe. Sobre las líneas en las que se indicaba el lugar y la fecha de la fiesta ahora ponía bien clarito:

Invitación a la fiesta con los invitados más odiosos que puedas imaginar. Todos aquellos seres a los que siempre has despreciado reunidos en un mismo salón. ¡No te lo puedes perder!

Cuando estaba a punto de acordarme de la familia de la chavala de las trenzas que me dio la invitación, desperté.

Era domingo. El despertador marcaba las 08:13, y tenia resaca. No recordaba haber tenido una pesadilla peor en todos los días de mi vida. Bebí un vaso de agua, me di la vuelta sobre la cama, abracé a mi compañera y me volví a quedar dormido, esta vez sin más pesadillas.

Sábado, seis de la mañana.

¡Tum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Pausa… ¡Tum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum!

Me levanto de la cama y me asomo a la ventana a ver qué pasa. Un 206 tuneao pasa por la calle con el loro a toda hostia. El chaval que lo pilota lleva el pelo al estilo cenicero y vuelve de marcha. Probablemente nadie le ha comentado que a esas horas la mayoría de la gente está durmiendo.

¡Baila morena! ¡Baila morena! ¡Perreo p’a los nenes, perreo p’a las nenas!

Sábado, ocho de la mañana.

¡Tum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Pausa… ¡Tum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum!

Me despierto por segunda vez. Me levanto y me dirijo a la cocina a beber agua. Salgo al pasillo de casa como un zombie, y de una de las habitaciones sale la voz de un individuo cantando algo como:

¡Pobre diablaaaa! ¡Se dice que se te ha visto por la calle vagaaaando…!

Me seco el lagrimón que rueda por mi mejilla y sigo mi camino.

Sábado, diez y cuarto de la mañana.

Me levanto por tercera vez. Estoy en la habitación del ordenador, intentando concentrarme en una clase de Java.

¡Tum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Pausa… ¡Tum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum!

De la otra habitación sale la estridente voz de alguien pidiendo insistentemente…

¡Dame la gasoliiinaaaa! ¡Quiero la gasoliiinaaaaa! ¡Dame la gasoliiinaaaaa!

Cierro la puerta, subo el volumen de los altavoces y le doy al replay porque la pidona se ha llevado por delante a la concentración y a Jimmy Page en la intro de Stairway to Heaven.

Sábado, dos y cuarto de la tarde.

¡Tum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Pausa… ¡Tum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum!

En la tele: ¡Compra el Perreo p’a ti! ¡Ya a la venta! ¡Perreo p’a ti! ¡Cómpralo!

La preadolescente que esta sentada a mi lado comiendo se gira en mi dirección y me dice:

¡Yo lo quiero! ¡Bájamelo! ¡Bájamelo! ¡Bájamelo! ¿Me lo vas a bajar porfi?
¿Me lo vas a bajar? ¿Me lo vas a bajar? ¿Sí? ¿Sí? ¿Sí? ¡Bájamelo! ¡Bájamelo! ¡Bájamelo!

Le digo que no puedo, porque es ilegal. Evidentemente no me hace ni caso. Le digo que no puedo, porque según qué tipo de cosas hacen interferencias en la red inalámbrica. Evidentemente no se lo cree. Le digo que… que bueno, que se lo bajaré (algún día tengo que aprender a decir que no a lo que me perjudica, como el tabaco)

Sábado, cinco menos cuarto de la tarde.

Mi chaval entra corriendo en la habitación, tropieza con la mesa y cae sobre mí. Antes de que pueda defenderme me encasqueta en las orejas los auriculares del mp3 hasta el tímpano.

¡Escucha esto, papa, escucha esto! – Me dice mientras le da al play…

¡¡¡¡Brrrrrooooooouuuuuummmmmiiiiiiiaaaaaaooooooooooo!!!!

Siento como si un Jumbo 737 estuviera despegando justo encima de mi cabeza.

¿Qué ruido es este? – le pregunto elevando la voz unos cuantos decibelios por encima del umbral del dolor para poder oírme a mí mismo – ¿Ya te has cargado el mp3, tío?

¡No, hombre, es DJ DaRkWaDeR! ¿Te gusta? ¿A que mola la música DJ? – me dice entusiasmado.

¡Chhstt pum! ¡chhstt pum! Chhstt pum! ¡pum pum! ¡Chhstt pum! ¡chhstt pum! Chhstt pum! ¡¡PUM PUM PUM!!

¿Que mola dices? ¡Yo tenía un 127 hace muchos años al que el embrague le sonaba igual!

¿Qué sabrás tú de música? – Me dice mientras me quita los auriculares dándole un tirón al cable y sale de la habitación indignado. Yo tengo que subir el volumen de los altavoces de nuevo, aunque no vuelvo a oír a los Led Zeppelin con normalidad hasta pasados unos veinte minutos.

Sábado, siete de la tarde.

El Perreo p’a ti ha terminado de bajar. Lo grabo en un CD, le escribo con rotulador: “Respeta a los demás, No lo utilices como arma acústica” y se lo doy a Laura, la preadolescente.

Sábado, siete y cinco de la tarde.

Cinco minutos más tarde, se oye desde el salón:

Tum Tachum Ta Chum Tachum Ta Chum Tachum Ta Chum Tachum Ta Chum Pausa… Tum Tachum Ta Chum Tachum Ta Chum

¡Tum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Pausa… ¡Tum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum!

¡Tum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Pausa… ¡Tum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum!

¡Tum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum! Pausa… ¡Tum! Tachum Ta ¡Chum! Tachum Ta ¡Chum!

!!Dame gasoliiiiinaaaaa!!

Sábado, diez y media de la noche.

Después de cenar, me dedico a buscarle las cosquillas a Laura y a mi chaval -éste en plena adolescencia- con el tema de la música. Les hablo del blues, del rock, del heavy, de John Lee Hooker, de los Beatles, de Deep Purple, de Eric Clapton, de Jethro Tull, de Steve Vai…

Pero es para nada, no me hacen ni puto caso.

Me desespero y les digo: Así es que no se os puede sacar de la música DJ y del regetton (o regeton, o regaeton, o como se llame) ¿no?

¡Claro! -contesta mi chaval- esto es lo que hay ahora. Tú lo que pasa es que eres un antiguo.

Dudo entre darle una colleja o contestarle. Opto por lo segundo: No, amigo, no. Lo que pasa es que yo sé distinguir la buena música de una moda que os están inculcando desde la tele o de un tío que enchufa una caja de ritmos a piñón y se pone a rayar discos.

A lo que Laura responde: Claro, y cuando tú eras joven…

-¡que ya hace tiempo!- la interrumpe el traidor de mi chaval.

…a ti te gustaba el rock ese que tu oyes, pero a tus padres no, ¿verdad? y seguro que tampoco te entendían…

Y entonces recuerdo un disco. Uno en concreto.

Y doy un salto hacia atrás en el tiempo de algo más de treinta años.

Led Zeppelin IVY me veo en la habitación de mi tío admirando la portada del mismo disco que yo llevaba intentando oír todo el día, el IV de Led Zeppelin. Mi tío se lo acababa de comprar y yo sólo era un mocoso que le gritaba:

¡Yo lo quiero! ¡Pónmelo! ¡Pónmelo! ¡Pónmelo! ¿Me lo vas a Poner?
¿Me lo vas a poner? ¿Me lo vas a poner? ¿Sí? ¿Sí? ¿Sí? ¡Ponlo! ¡Ponlo! ¡Ponlo!

Y recuerdo –algunos años más tarde- los gritos que me daba mi padre desde el salón: ¡Baja esa música de melenudos, que te vas a volver loco!

Y recuerdo a mi madre en la cocina dándole más volumen a una cinta de casette de Nat King Cole porque de la ventana de mi habitación salía una guitarra distorsionada que no le dejaba oír Ansiedad.

Y recuerdo a los dos mirándome con cara de espanto al sorprenderme imitando a un australiano loco, que vestido de colegial se revolcaba por el suelo de una tele en blanco y negro mientras aporreaba una Gibson SG.

Y me recuerdo, años después, escalando paranoicamente, yo solo en Montserrat, con un walkman inspirándome con el Dark Side of the Moon de Pink Floyd.

Y vuelvo al 2005. Y ya no digo nada más. Me vuelvo a la habitación del ordenador pensando que sí, que mi chaval tiene razón. Ha pasado mucho tiempo desde que soy joven.

Así que arranco el winamp y subo el volumen de los altavoces por tercera vez, cojo la guitarra, enciendo el ampli y digo con nostalgia: ¡Vamos a tocar, Jimmy!

Jimmy Page

Recuerdo la escena como si hubiera pasado ayer mismo, aunque habrán pasado unos dieciocho años, más o menos:

Estábamos cinco personas metidas en el salón de un minúsculo piso habilitado como oficinas de una pequeña empresa de programación en la que yo era el más novato. Se abrió la puerta, entró el jefe con una caja en las manos y la dejó encima de la mesa.

Entonces nos anunció muy ufano: “Sres. esto es el Xenix, ¿quién se lo queda?

Miré la caja con curiosidad. Era de color gris, y tenía un gran logotipo amarillo con unas misteriosas letras que rezaban “SCO”. Leí la letra pequeña y averigüe que significaba “Santa Cruz Operation”.

Entonces miré a mi derecha. Y miré a mi izquierda. Y los cuatro programadores que dos segundos atrás estaban conmigo habían desaparecido como por arte de magia. Se habían esfumado. El jefe me miró y me dijo: “Bueno, pues tu mismo, venga”.

“Pues bueno, pues vale” – pensé yo, que siempre he sido muy atrevido para estas cosas- mientras abría la caja y me encontraba con dos manuales-ladrillo (en inglés, claro) y un montón de floppies de 5 y cuarto.

Tuve que instalar el Xenix y el compilador RMCobol en un 286 Olivetti y pelearme con ellos a hostia limpia para configurarlos correctamente, pero conseguí que los programas que teníamos hechos en Cobol y que hasta entonces corrían sobre MSDOS funcionaran sobre Xenix como un tiro. Aquello terminó gustándome de verdad.

Un par de años mas tarde -ya trabajando en otra empresa- conocí al Brujo. Al Mago. Al Rey de la Informática, así, en mayúsculas.

El Brujo era un bohemio. También era un poco raro a veces, pero era un buen tío. Era de los que no abundan en este mundo de egos hinchados. Era de los que saben mucho y, aun sabiendo que saben mucho, no les importa tirarse horas y más horas explicando cosas para que los demás intenten saber tanto como él, en lugar de guardarse sus conocimientos para seguir siendo el mejor.

Una de las especialidades del Brujo era Unix. Los que más sabían de Unix en todo el mundo eran Thompson y Ritchie, sus creadores. Después venía el Brujo.

Su otra especialidad era C. Cuando el Brujo escribía una línea pensaba en la corriente eléctrica que iba a entrar por una pata de un chip y lo que iba a provocar antes de que saliera por otra. Impresionante de verdad.

Yo era el pequeño saltamontes, ávido de conocimientos sobre un sistema que cada vez me tenia más entusiasmado, y él era el Maestro que se pasaba toda la tarde enseñándome a programar un driver para Unix en C sin romper nada. Gracias por tanta paciencia, Joan, tienes el cielo ganado.

Otro salto en el tiempo. Nos vamos a la época de Infovia, del 055 y de los módems a 28,8 y 33,6. Yo estaba trabajando con un americano medio loco al que se le metió en la cabeza montar un servidor de acceso a Internet. El caso es que el americano convenció a unos cuantos individuos para que pusieran dinero y se fue a comprar lo más caro que encontró; Un servidor Sun Microsystems con su correspondiente Solaris.

El ordenador venia empaquetado en un palet como si fuera un cargamento de ladrillos. Cuando conseguimos ponerlo encima de la mesa y encenderlo, mi jefe me miró con suficiencia y se sentó al teclado.

Cuando apareció el prompt de root escribió “DIR”. Cuando apareció el error, yo escribí “ls –l”, y entonces me convertí automáticamente en el administrador del ISP.

Dos años pasé allí como único responsable del cotarro. Y allí no tenía al Brujo ni a nadie, aunque sí tenia Internet, claro, y sobre todo tenia los grupos de noticias de Usenet.

Aprendí rápido, pero a base de palos. Configurar y más configurar. Que si el Netscape, que si el sendmail, que si el Bind, que si el Radius. El Cisco, el Cortafuegos. Que si la seguridad.

Una vez un hijoputa me puso el ordenador al borde del colapso porque usaba mi servidor de correo para enviar millones de mensajes basura. Otra vez se me colaron por el puerto del telnet, que no sé que cojones hacia abierto. Otro pavo se pasó semanas intentando que el Radius lo autentificara por la cara. Luego intento hacerse cliente y eligió el mismo nombre de usuario que había estado usando cuando iba de ilegal, el muy capullo.

En fin, unos años más dedicados a Unix, haciendo que cada vez me gustara más y más. Luego he estado programando y casi no he tocado un servidor, pero hace unos tres años –cuando más mono tenia de Unix- me he encontrado con Linux (un poco tarde, ya lo sé)

Red Hat 7, SuSE 8, Debian, Mandrake, todo un paseo por distintas distribuciones. Unas mejores y otras no tanto, pero todas funcionan. Ahora tengo una Ubuntu en el portátil y la SuSE 9.3 en el sobremesa, y van de vicio.

Y esta es mi historia con los Unix, Linux y similares, sobre los que no me considero un gurú, aunque sí puedo decir que tengo bastante experiencia.

Mientras tanto, desde aquella época en que mi ex jefe trajo el Xenix al piso-oficina, he pasado por MSDOS de la 2.11 en adelante, y por Windows desde la 286 (que sí, que existía un Windows 286), la 3.0, la 3.1, etc., hasta el NT, 2000 y XP.

Ahora si alguien no lo tiene claro y quiere que le explique por qué es mejor usar Linux que Windows, que me lo diga y le haré un dibujo.

¿Lo ven? ¿Lo ven? ¿Lo dije yo o no lo dije? Por fin han elegido al más viejo. Y lo peor es que por culpa de dos italianos patosos ya no he llegado a tiempo a la elección de nuevo Director General.

Si me hubieran hecho caso y me hubieran puesto en la lista, igual ahora sería yo el que estaría vistiendo el uniforme blanco y estaría saludando a los miembros de la Empresa desde el balcón de la Sede de la misma.

En fin, qué le vamos a hacer. El caso es que ha ganado un alemán, un tal Joseph Ratzinger, aunque para su mandato ha elegido el elegante nombre de Benedicto XVI.. ¿Qué se puede contar de este buen señor? Pues de momento que no todo el mundo ha quedado muy satisfecho con su elección, ya que parece ser que va a querer ser más papista que el Papa.
En todo caso habrá que saber perder deportivamente, así es que enhorabuena a los premiados, que venda muchas gorras, pines y camisetas, que disfrute de su mandato y sobre todo, que no moleste mucho.
Amén.

Un momento, un momento. Al hilo del capítulo anterior sobre la elección del nuevo Director General de la Empresa, he leído en Internet que los requisitos oficiales para ser elegido sólo son tres: Ser varón, ser mayor de 30 años, y haber sido iniciado en la Empresa mediante el conocido ritual en el que uno de los miembros numerario le echa agua a uno por el cogote, generalmente poco después de nacer (el numerario no, joder, el iniciado)

Y yo cumplo los tres, ahora que lo pienso; Soy varón, soy mayor de 30 años, y me pusieron chorreando cuando era un bebe (y por si sirve de algo decirlo, de pequeño me caí en un barreño de agua con lejía, como Obelix) De acuerdo en que después no he seguido el camino de la Empresa, pero en ningún lugar pone que tenga que ser uno empleado ni cliente de la misma.

Así es que no debería haber ningún problema para presentarme al puesto. En otro lugar he leído que también hay unas condiciones imprescindibles no escritas que son las siguientes: tener conocimiento de diversas lenguas, ser un buen comunicador y no proceder de ninguna de las grandes potencias económicas o militares.

¡Y resulta que también las cumplo! En este lugar aseguran que el nuevo Director General debe hablar inglés (yo lo hablo, aunque con un leve acento macarrónico de procedencia indefinida), e italiano (bueno, no lo hablo muy bien, pero lo entiendo perfectamente y además no hay nada que un curso de la CCC no pueda solucionar) Y ya puestos a rellenar el curriculum, también chapurreo el francés y hablo el catalán mejor que Carod-Rovira.

Respecto al segundo punto, el tema está en que el Elegido deberá hablar en público en numerosas ocasiones ante grandes cantidades de gente. Bueno, en mi caso eso pudiera ser un problema porque soy un poco tímido por naturaleza, aunque si me esfuerzo un poco, me tomo una copita -o dos- y me hago al ambiente puedo hablar todo el tiempo que sea necesario. Incluso puedo contar algún que otro chiste si es menester.

Y respecto al tercer punto -el de no proceder de ninguna superpotencia económica ni militar- no creo que merezca más comentario.

Bien, bien. Pues lo primero que voy a hacer es llamar a la Sede de la Empresa a preguntar cuales son las condiciones del puesto; cual es el sueldo, cuantas pagas extraordinarias se incluyen, cual es el horario y todo eso. Es que lo de los viajes y tal esta muy bien, es interesante, pero coincidirán conmigo en que dependiendo del dinero que le paguen uno pone más o menos interés, ¿no?

Lo que no me termina de gustar del trabajo es tener que ir siempre de uniforme. Y no lo digo por la ropa, que parece cómoda (aunque sea blanca) sino por el gorrito tradicional -que me parece un poco ridículo- y por tener que llevar un logotipo de la Empresa de gran tamaño siempre colgado del cuello. Es que más que un Director General se parecen a uno de los raperos negros de la película de Eminem, pero bueno, lo dicho, yo por dinero me cuelgo del cuello un pin del tamaño del tapacubos de la rueda de un coche si hace falta.

Pensándolo bien, creo que tengo posibilidades de que me elijan. Verán, yo reconozco que no soy ningún chaval, pero desde luego soy mucho más joven todos los candidatos al puesto. Como dije antes, el más joven tiene 52 años, pero es un adolescente imberbe comparado con los demás. Fíjense en que el mayor ya tiene 87 tacos, y con esa edad ya me dirán ustedes. Es que antes de que los sastres le terminen el traje nuevo -en color blanco, por si no lo he dicho- hay que estar eligiendo a otro Director.

Lo dicho, que les voy a llamar, a ver que me cuentan. Disculpen un momento, por favor …

Ring, ring, ring… (voz masculina al otro lado de la línea) – Presto

Yo – Buena sera. Io llamo perque io estato interesato en el trabajo de Directore Generale di la Empresa cui ha quetato vacanti (joder, ¡qué dominio del italiano!)

Voz – Ciò è la Citta’ del Vaticano. ¿Chi sono voi?

Yo – Io sono un interesato en el curro, cha ti lo e dicho antes, so melón. No tenemus nuovo Directore Generale encora, ¿no?

Voz – Signore, non capisco.

Yo – Per favore. Te pregunto que si el fumo no es bianco encora

Voz – ¿fumo? ¿la fumata? La fumata è nera. il nuovo Pontefice non c’è ancora.

Yo – ¡Ah, menos mal tío! Escolta colegui, hazme un favore. Vete molto presto e avisa a los cardinalis que io también voglio chi me pongan ne la lista, ¿capichi?

Voz – ¿I cardinali? Sono nel secondo giorno di Conclave, nella Capella Sistina

Yo – Si, io lo se, io lo se. Ma ¿per que no llamare tu a la puorta un momentini, hombre?

Voz – ¿Puorta? ¿che puorta? ¿il portello? ¡ma è il conclave! ¡è secreto!

Yo – Mira, no nos capischiamos tu y yo ¿eh? Io voglio parlare con il tuo jefe… eeh… con il tuo capo.

Voz – ¿Il capo? ¿che capo? ¡Ciò è la Citta’ del Vaticano, no la Sicilia!

Yo – Errr… Bueno, do you speak english? Est ce que vous parlez francaise? Escolti, i català tampoc el parla ningu, oi?

Voz – Attenda un momento

Yo – Vale, gracie mile.

Otra voz – Il Dio è con voi ¿Posso li aiuto?

Yo – ¿Hola? ¿Habla español?

Voz – Si hijo. Soy el padre Gracciano, ayudante del Cardenal Camarlengo Martínez Somalo.

Yo – Ah, pues que bien. ¿Y se puede poner él un momento?

Voz – No hijo. Su eminencia se encuentra en la Capilla Sixtina, eligiendo al nuevo Papa.

Yo – Ah. Bueno, es que yo me quería apuntar en la lista de candidatos. A ver si como el Comelengo es español me puede recomendar.

Voz – Es Camarlengo, hijo, Cardenal Camarlengo ¿Para qué quieres que te recomiende su eminencia?

Yo – Pues para la vacante, hombre. Es que he pensado que como yo soy buen chaval y eso, y como hablo idiomas -sobre todo italiano- y tengo palique, que a lo mejor valgo para Papa. Que si hace falta me corto el pelo para que me quepa el gorrito ¿eh? Por cierto, ¿un Papa cuanto viene cobrando al mes? Así a ojo lo pregunto, ¿eh?

Voz – ¡Vaffunculo! – Sonido – ¡Click! (Esto es internacional. Me han colgado)

En fin, que no me han hecho ni caso. Y mira que yo prometía, ¿eh? Ahora se quejaran de que han elegido a un vejete serio y triste que no hace más que meterse con los demás. Y si no, al tiempo.